Para mi las cosas empezaron la noche anterior. La espuma de rasurar, y las navajas y no encontrar las tijeras cuando el sueño ya me vencía, que la cinta, que el aluminio, parecía ya listo, una planchadita y a planchar la oreja.
Era muy temprano, Ya 5 de junio, el día del comunicólogo en la Universidad Mundial y yo ya estaba preocupándome por mis harapos. Y es que la dinámica del día era que los pertenecientes a la carrera de comunicación fueran disfrazados. Dada mi apretada situación económica me incliné a o que me pareció más sencillo “Wolverine” de los hombres X, al fin. Ya me parezco.
Payasos, monjes, policías, personajes de películas y de caricaturas se hicieron presentes en lo que parecía un carnaval personal para nosotros. Y una verdadera locura y ridiculez increíblemente divertida para los no involucrados.
No podía iniciar oficialmente la celebración sin concluir la tarea especial de la profesora de Prensa, unas cartulinas sobre costos de escuelas, me reuní con mis compañeros en el aula dedicada a radio y rápidamente acabamos con ellas, sólo para ir corriendo al denominado salón Mundial a escuchar una conferencia de egresados de la universidad que ahora son profesionales, o que prestan sus servicios docentes aquí.
“TÓMENSE EN SERIO LAS MATERIAS POR INÚTILES QUE LES PAREZCAN, PORQUE DESPUÉS NECESITARÁN ESOS CONOCIMIENTOS” fue la única constante en las tres ponencias, opacadas en cierta medida por el constante entrar y salir de compañeros caracterizados de peculiares personajes.
Salimos todos a desfilar en pasarela de disfraces y la consecuente premiación de los mejores a cargo del jurado previamente invitado, el cual se trataba de más ni menos que de los ponentes que recién habíamos escuchado. Ante la obviedad de unos y el escepticismo de otros, la compañera con el disfraz de mesera de los años 50s fue el ganador, mismo que me gusto sobre manera. Por cierto se llevó nada más y nada menos que un poderoso minicomponente. ¡Que suerte la mía”, de haber sabido!
Luego partimos el pastel que compartimos con propios y extraños, y al rally, en el que no participé pero fue atento testigo tanto de la descomposición gradual de los disfraces al correr, como de los conflictos y las tretas que se jugaron con tal de ganar.
Más tarde en darme cuenta que todo había acabado, que lo que tardamos algunos en quitarnos los disfraces. Algo fuera de lo común fue nuestro día, memorable, y ojalá superable la próxima vez.
Luis René Zorrilla García.
Estudiante de Comunicación